Paseíllo en la plaza de toros de Aranjuez.
EL SENSATO INCONFORMISTA
Por José Carlos Arévalo / Fotos: Circuitos Taurinos / Ilustración: Humberto Parra
1) Reivindicación del empresario. Siempre he dicho que los toreros son responsables, así como el ganadero, del éxito de una corrida, pero que el empresario lo es de toda una feria. Valga esta afirmación para otorgar al empresario taurino el rango artístico que merece y calificarlo como animador cultural de la Fiesta.
Los que seguimos de cerca la programación de la temporada en todas las plazas —hay plazas de tercera con una programación de primera— no deberíamos ratificar su categoría —artística, la administrativa no cuenta— por el número de festejos celebrados ni por el número de trofeos conquistados por los toreros. La valoración, el nivel y la capacidad de mensaje de una plaza de toros se miden por tres constantes: una, su capacidad de convocatoria —llenos, lo demás es cuento—; dos, la calidad del toreo exhibido para triunfar —no siempre rubricado con trofeos—; y tres, la rigurosa selección del toro —el trapío como garantía de autenticidad y las hechuras como premonición de bravura—, acorde con la categoría de la plaza.
En la gran temporada de 2026 han sido modélicas, según mi subjetivo criterio, las siguientes plazas: Madrid —San Isidro y Otoño, no el resto de la temporada, un toro que la empresa no parece querer lidiar—; Sevilla —de cabo a rabo—, Pamplona, Salamanca, Málaga y El Puerto de Santa María. En todas ellas se ha podido apreciar la mano del autor, pues, al servicio del estilo y las constantes que definen la idiosincrasia de cada plaza, este año sus gestores han reafirmado su programación.
Pero, si hubiera de premiarse a una plaza por encima de todas —aunque no sean homologables entre sí, sino por ser, en lo suyo, la mejor—, esta sería la plaza de Aranjuez. En las tres últimas temporadas, cada corrida ha sido un concierto de toreo.
2) El eficaz silencio informativo contra la Fiesta. El veto padecido por la Fiesta no fue impuesto por nadie, ni reclamado por nadie, ni tampoco percibido por nadie. Es cierto que no hubo una represora mano negra y también lo es que no se trata de la invención obsesiva de un viejo periodista algo tronado.
No puedo ocultar la extrañeza que provocaba entre mis compañeros y jefes mi afición a los toros cuando, hace años, me dedicaba a la información política. Casi la consideraban un rasgo insólito de mi personalidad, una rareza. Pero yo incurría en el mismo error al asombrarme de su ataurinidad. No me había percatado de que en España, en todas sus ciudades, todavía perduraban las raíces culturales agrarias, de que el sector primario seguía preponderando; de ahí tantas fiestas patronales, tanto festejo popular.
Pero, al mismo tiempo, la industrialización del país había crecido de manera vertiginosa y, con ella, se había accedido a una nueva sociedad urbana con su propia subcultura. En el caso de la tauromaquia, esta se había topado con tópicos subculturales globales, propios de sociedades urbanas despegadas de sus viejas raíces. Por ejemplo, el éxito mundial del antropomorfismo disneyano dirigido al niño, que personifica angélicamente al animal y demoniza al humano, también había calado entre los adultos. Y, entre los adultos, en no pocos periodistas. Y, entre estos, muchos sin la menor simpatía hacia las fiestas de toros.
Sí, lo que digo carece de fuste, pero las cosas eran y son así. ¿Por qué carecen de relevancia los 62 millones de toneladas de carne de bovino producidas anualmente en el mundo para su consumo, todo un holocausto, necesario, pero holocausto al fin y al cabo? ¿Y por qué una cifra sacrificial infinitamente menor, que exige al matador jugarse la vida volcándose sobre los pitones del toro en la llamada suerte suprema, agrede tanto al antitaurino?
Un compañero de redacción abiertamente antitaurino me respondió así, con una sola pregunta: «Al toro, en la plaza, se le pica, se le banderillea y se le mata con una espada. ¿Te parece correcto?». Y el periodista aficionado le respondió: «El toro bravo no se duele al castigo…». Pero nadie le creyó.
Años después, la investigación científica sobre las variables neuroendocrinas del toro durante la lidia, del biólogo Fernando Gil Cabrera, demostró que a la menor perforación en la piel del toro bravo responde un neurotransmisor, la betaendorfina, con un poder anestésico doscientas veces superior al de la morfina, y resultó que la empírica opinión del periodista aficionado estaba en lo cierto. Pero en aquellos días ya habían despegado los movimientos urbanos de problemática agraria, como el ecologismo y el animalismo: movimientos sociales urbanos aceptados por sus justificadas denuncias y no frenados por sus evidentes errores.
Lo más insólito fue que, en un contexto real de máxima alarma por los daños irreversibles a la naturaleza del planeta y a su fauna, inherentes a la producción industrial, se eligiese a la tauromaquia como una de las más perversas manifestaciones del drama ecológico universal, cuando debiera haber sido todo lo contrario.
Pero, frente al desvarío cultural de estos movimientos sociales, más buenistas que bienintencionados, se encontraba la manifiesta incultura de los hombres del toro, incapaces de defender en el terreno de las ideas la solidez ética, cultural y ecológica de un universo como el taurino. Un universo caracterizado por la conservación de la naturaleza y de toda la fauna que de él depende; por el mantenimiento vivo de un arte escénico de raíces milenarias; por la genial y sacrificial restauración mítica del pleito entre instinto y razón en una tauromaquia moderna, etológica y escénica, fundada en el siglo XVIII; y por su permanente puesta al día, desde Costillares hasta Morante de la Puebla.
Pero el despertar del irrebatible argumentario científico y cultural de la tauromaquia ha sido muy tardío, y aún no se ha difundido entre la opinión pública. No salgo de mi asombro al constatar la ceguera de la que somos responsables los periodistas por no habernos salido de la burocrática reseña crítica —prácticamente el único género periodístico vigente— y haber olvidado el incesante torbellino de sucesos que conmocionan diariamente la vida taurina: triunfos arrolladores, fracasos estrepitosos, faenas inimaginables, descubrimientos de nuevos toreros, cornadas, chavales que ven la cara a la muerte y persisten en el empeño, competencias feroces y ocultas, golpes de fortuna imprevistos y pérdidas demoledoras, previsibles y aceptadas, la oscuridad del miedo y la luz del triunfo. Es algo que no me perdono. Aunque entiendo que el periodista taurino se ha destaurinizado, como también se ha destaurinizado la sociedad española.
3) Pero hablemos de Morante. ¡Alto, parado! Sí, ya sé que, frente al desplome, la sociedad ha reaccionado, que la juventud ha dicho: «¿Y a mí por qué me van a prohibir lo prohibido?». Y sé que se han vuelto a llenar las plazas. Pero todos los cambios provocados por el silencio informativo padecido por las corridas de toros no se han producido porque sí.
La respuesta y el consiguiente revulsivo han tenido un nombre: Morante de la Puebla. Su trienio de oro, culminado el 12 de octubre de 2025, rompió todos los tópicos estructurales del toreo y creó nuevos paradigmas: en la elección del toro, en la aceptación de los nuevos valores para compartir cartel, en la devolución de la brillantez al primer tercio y en la concesión de trofeos —con lo que ha pedido el carné a muchos presidentes—. También al llevar esta misma política a Francia, al aceptar un mano a mano con Clemente, anunciado y frenado en la prohibicionista ciudad de Palavás.
Por supuesto, su plan de revitalización de la Fiesta ha tenido la suerte de emprenderse en una época de muy buenos toreros. Así, Andrés Roca Rey, importantísimo torero, premiado por todas las aficiones de España y criticado por los exquisitos, lo que siempre sucede a los líderes. Porque nadie, y menos en los tiempos que corren, es el único actor de la película.
Para secundar o vencer a Morante o a Roca Rey, ahí están los toreros templarios, que no son una orden taurina, sino los señores del temple: toreros que torean mejor que nunca, con un temple y un trazo imposibles de superar. Y, por si fuera poco, este año se ha destapado una terna de jinetes solitarios como Borja Jiménez, David Miranda y Aarón Palacio, que no ceden un palmo.
Pero sobre el toreo se extiende una inexistente pero eficaz ley del silencio, que otorga al empresario una libertad de programación que nunca tuvo, a la par que un riesgo mayor del que pueda prever. ¿Cómo se programará la temporada de 2027? De eso tratarán estas líneas la semana que viene.